Cristina Valls

Mujeres de Atenco | Mirada Sostenida

Me he hecho más dura. Tuve miedo de volverme de piedra. Después de Atenco durante un tiempo no me busqué un espacio de seguridad, ponía mi cuerpo por delante en distintos espacios como si me lo fueran a tocar y ya no fuera a sentir. Al agresor hay que denunciarle y quitarnos la culpa; ponérsela a quien se la tenemos que poner. Mi cuerpo se estremece muchas veces. Y ya no sólo es al ver una agresión física de un hombre a una mujer. Es cada día. Aprendí que esta boca es mía y no se calla. Romper el silencio es nuestra forma de sanación.

Al día siguiente de la represión a Cristina la deportaron y expulsaron a España. Luego de cuatro años regresó a México y buscó a Deogracia, una mujer mayor que la escondió junto a un grupo de personas que escapaban de los antimotines. Aunque intentó protegerlos, la policía entró a la fuerza, los molió a golpes, los trepó a sus camionetas y torturó a las mujeres sexualmente. Deogracia es testiga a la distancia en la denuncia internacional de Cristina. Reencontrarse vivas fue una especie de reparación mutua, ya que tanto la casa como ella misma le representan la fuerza y la resistencia que no lograron destruir.

Cristina llegó a México desde Cataluña a ponerle cara y tacto al movimiento zapatista, interesada en la organización de los pueblos autónomos. Fue en este proceso que tomó la decisión de solidarizarse con la lucha del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT) el 3 de mayo en San Salvador Atenco. Actualmente reafirma su posición política a través del trabajo colectivo en medios de comunicación independiente, de autodefensa lésbico-feminista y en procesos latinoamericanos de justicia alternativa.

Es algo duro, el comienzo del pasado. Y es un poco por ahí la incomprensión, ¿no? De haber dejado a doscientas personas en la cárcel, un compañero asesinado, otro en coma que después ya no despertó… Alexis, y el rollo de toda la agresión sexual; la gente estaba súper descolocada y yo de repente pues aparezco en Barcelona…

El hecho de “no te muevas porque si te mueves mira lo que te pasa”. Muchas y muchos éramos activistas, pero otra gente no, otra gente –y además estuvieron presos hasta ahorita en Texcoco– literalmente pasaban por ahí.

Wilfrido Robledo y Enrique Peña Nieto decían que mentíamos, le decían a la sociedad: “Las mujeres mienten, ¿ustedes creen que una mujer violada lo dice? No, las mujeres no hablan porque es una vergüenza” y la sociedad siempre ha creído así: “las mujeres no hablan”. Y no, no es una vergüenza. Yo me quito mi culpa y se la doy a ellos, porque es de ellos. Ésto muy fácil lo digo yo ahora, pero no es tan fácil.

La violación a mujeres fue algo súper frío, no es algo como que se nos hiciera creer: “no pues se le escapó a algún policía”; fue una orden desde arriba, no es nueva, se lleva viendo en todos los conflictos armados.

Aquí en México las chicas estaban sufriendo hostigamiento… Ésto es uno de los efectos de la represión también, el sentirte insegura todo el rato, el “si me vuelve a pasar” el “me están siguiendo todo el tiempo”. Lo hicieron muy bien; rompieron el tejido social y comunitario.

Tengo que seguir trabajando, mi cuerpo sigue teniendo memoria. Éso está jodido porque a veces te salta, ves algo en la prensa, ves algo en la calle y te hace saltar una chispa que te vuelve a un momento vivido de agresión.